Le socialisme et l'homme nouveau

Ernesto Che Guevara

        Ernesto Che Guevara

 Cet article a été écrit sous la forme d'une lettre à Carlos Quijano, alors directeur de l'hebdomadaire Marcha publié à Montevideo en Uruguay.

El socialismo y el hombre en Cuba

Marzo 1965

Estimado compañero. Acabo estas notas en viaje por el África, animado del deseo de cumplir, aunque tardíamente, mi promesa. Quisiera hacerlo tratando el tema del título. Creo que pudiera ser interesante para los lectores uruguayos.

Es común escuchar de boca de los voceros capitalistas, como un argumento en la lucha ideológica contra el socialismo, la afirmación de que este sistema social o el período de construcción del socialismo al que estamos nosotros abocados, se caracteriza por la abolición del individuo en aras del Estado. No pretenderé refutar esta afirmación sobre una base meramente teórica, sino establecer los hechos tal cual se viven en Cuba y agregar comentarios de índole general. Primero esbozaré a grandes rasgos la historia de nuestra lucha revolucionaria antes y después de la toma del poder.

Como es sabido, la fecha precisa en que se iniciaron las acciones revolucionarias que culminaron el primero de enero de 1959, fue el 26 de julio de 1953. Un grupo de hombres dirigidos por Fidel Castro atacó la madrugada de ese día el cuartel de Moncada, en la provincia de Oriente. El ataque fue un fracaso, el fracaso se transformó en desastre y los sobrevivientes fueron a parar a la cárcel, para reiniciar, luego de ser amnistiados, la lucha revolucionaria.

Durante este proceso, en el cual solamente existían gérmenes de socialismo, el hombre era un factor fundamental. En él se confiaba, individualizado, específico, con nombre y apellido, y de su capacidad de acción dependía el triunfo o el fracaso del hecho encomendado.

Llegó la etapa de la lucha guerrillera. Esta se desarrolló en dos ambientes distintos: el pueblo, masa todavía dormida a quien había que movilizar y su vanguardia, la guerrilla, motor impulsor de la movilización, generador de conciencia revolucionaria y de entusiasmo combativo. Fue esta vanguardia el agente catalizador, el que creó las condiciones subjetivas necesarias para la victoria. También en ella, en el marco del proceso de proletarización de nuestro pensamiento, de la revolución que se operaba en nuestros hábitos, en nuestras mentes, el individuo fue el factor fundamental. Cada uno de los combatientes de la Sierra Maestra que alcanzara algún grado superior en las fuerzas revolucionarias, tiene una historia de hechos notables en su haber. En base a éstos lograba sus grados.

Fue la primera época heroica, en la cual se disputaban para lograr un cargo de mayor responsabilidad, de mayor peligro, sin otra satisfacción que el cumplimiento del deber. En nuestro trabajo de educación revolucionaria, volvemos a menudo sobre este tema aleccionador. En la actitud de nuestros combatientes se vislumbraba al hombre del futuro.

En otras oportunidades de nuestra historia se repitió el hecho de la entrega total a la causa revolucionaria. Durante la Crisis de Octubre o en los días del ciclón Flora, vimos actos de valor y sacrificio excepcionales realizados por todo un pueblo. Encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica, es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico.

En enero de 1959 se estableció el Gobierno Revolucionario con la participación en él de varios miembros de la burguesía entreguista. La presencia del Ejército Rebelde constituía la garantía de poder, como factor fundamental de fuerza.

Se produjeron enseguida contradicciones serias, resueltas, en primera instancia, en febrero del 59, cuando Fidel Castro asumió la jefatura de Gobierno con el cargo de Primer Ministro. Culminaba el proceso en julio del mismo año, al renunciar el presidente Urrutia ante la presión de las masas.

Aparecía en la historia de la Revolución cubana, ahora con caracteres nítidos, un personaje que se repetirá sistemáticamente: la masa.

Este ente multifacético no es, como se pretende, la suma de elementos de la misma categoría (reducidos a la misma categoría, además, por el sistema impuesto), que actúa como un manso rebaño. Es verdad que sigue sin vacilar a sus dirigentes, fundamentalmente a Fidel Castro, pero el grado en que él ha ganado esa confianza responde precisamente a la interpretación cabal de los deseos del pueblo, de sus aspiraciones, y a la lucha sincera por el cumplimiento de las promesas hechas.

La masa participó en la Reforma Agraria y en el difícil empeño de la administración de las empresas estatales; pasó por la experiencia heroica de Playa Girón; se forjó en las luchas contra las distintas bandas de bandidos armadas por la CIA; vivió una de las definiciones más importantes de los tiempos modernos en la Crisis de Octubre y sigue hoy trabajando en la construcción del socialismo.

Vistas las cosas desde un punto de vista superficial, pudiera parecer que tienen razón aquéllos que hablan de la supeditación del individuo al Estado, la masa realiza con entusiasmo y disciplina sin iguales las tareas que el gobierno fija, ya sean de índole económica, cultural, de defensa, deportiva, &c. La iniciativa parte en general de Fidel o del alto mando de la Revolución y es explicada al pueblo que la toma como suya. Otras veces, experiencias locales se toman por el Partido y el Gobierno para hacerlas generales, siguiendo el mismo procedimiento.

Sin embargo, el Estado se equivoca a veces. Cuando una de esas equivocaciones se produce, se nota una disminución del entusiasmo colectivo por efectos de una disminución cuantitativa de cada uno de los elementos que la forman, y el trabajo se paraliza hasta quedar reducido a magnitudes insignificantes; es el instante de rectificar. Así sucedió en marzo de 1962 ante la política sectaria impuesta al Partido por Aníbal Escalante.

Es evidente que el mecanismo no basta para asegurar una sucesión de medidas sensatas y que falta una conexión más estructurada con la masa. Debemos mejorarla durante el curso de los próximos años pero, en el caso de las iniciativas surgidas en los estratos superiores del Gobierno utilizamos por ahora el método casi intuitivo de auscultar las reacciones generales frente a los problemas planteados.

Maestro en ello es Fidel, cuyo particular modo de integración con el pueblo sólo puede apreciarse viéndolo actuar. En las grandes concentraciones públicas se observa algo así como el diálogo de dos diapasones cuyas vibraciones provocan otras nuevas en el interlocutor. Fidel y la masa comienzan a vibrar en un diálogo de intensidad creciente hasta alcanzar el clímax en un final abrupto, coronado por nuestro grito de lucha y de victoria.

Lo difícil de entender, para quien no viva la experiencia de la Revolución, es esa estrecha unidad dialéctica existente entre el individuo y la masa, donde ambos se interrelacionan y, a su vez, la masa, como conjunto de individuos, se interrelaciona con los dirigentes.

En el capitalismo se pueden ver algunos fenómenos de este tipo cuando aparecen políticos capaces de lograr la movilización popular, pero si no se trata de un auténtico movimiento social, en cuyo caso no es plenamente lícito hablar de capitalismo, el movimiento vivirá lo que la vida de quien lo impulse o hasta el fin de las ilusiones populares, impuesto por el rigor de la sociedad capitalista. En ésta, el hombre está dirigido por un frío ordenamiento que, habitualmente, escapa al dominio de su comprensión. El ejemplar humano, enajenado, tiene un invisible cordón umbilical que le liga a la sociedad en su conjunto: la ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de su vida, va modelando su camino y su destino.

Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que éste se percate. Solo ve la amplitud de un horizonte que aparece infinito. Así lo presenta la propaganda capitalista que pretende extraer del caso Rockefeller -verídico o no-, una lección sobre las posibilidades de éxito. La miseria que es necesario acumular para que surja un ejemplo así y la suma de ruindades que conlleva una fortuna de esa magnitud, no aparecen en el cuadro y no siempre es posible a las fuerzas populares aclarar estos conceptos. (Cabría aquí la disquisición sobre cómo en los países imperialistas los obreros van perdiendo su espíritu internacional de clase al influjo de una cierta complicidad en la explotación de los países dependientes y cómo este hecho, al mismo tiempo, lima el espíritu de lucha de las masas en el propio país, pero ése es un tema que sale de la intención de estas notas.)

De todos modos, se muestra el camino con escollos que, aparentemente, un individuo con las cualidades necesarias puede superar para llegar a la meta. El premio se avizora en la lejanía; el camino es solitario. Además, es una carrera de lobos: solamente se puede llegar sobre el fracaso de otros.

Intentaré, ahora, definir al individuo, actor de ese extraño y apasionante drama que es la construcción del socialismo, en su doble existencia de ser único y miembro de la comunidad.

Creo que lo más sencillo es reconocer su cualidad de no hecho, de producto no acabado. Las taras del pasado se trasladan al presente en la conciencia individual y hay que hacer un trabajo continuo para erradicarlas.

El proceso es doble, por un lado actúa la sociedad con su educación directa e indirecta, por otro, el individuo se somete a un proceso consciente de autoeducación.

La nueva sociedad en formación tiene que competir muy duramente con el pasado. Esto se hace sentir no sólo en la conciencia individual en la que pesan los residuos de una educación sistemáticamente orientada al aislamiento del individuo, sino también por el carácter mismo de este período de transición con persistencia de las relaciones mercantiles. La mercancía es la célula económica de la sociedad capitalista; mientras exista, sus efectos se harán sentir en la organización de la producción y, por ende, en la conciencia.

En el esquema de Marx se concebía el período de transición como resultado de la transformación explosiva del sistema capitalista destrozado por sus contradicciones; en la realidad posterior se ha visto cómo se desgajan del árbol imperialista algunos países que constituyen las ramas débiles, fenómeno previsto por Lenin. En éstos, el capitalismo se ha desarrollado lo suficiente como para hacer sentir sus efectos, de un modo u otro, sobre el pueblo, pero no son sus propias contradicciones las que, agotadas todas las posibilidades, hacen saltar el sistema. La lucha de liberación contra un opresor externo, la miseria provocada por accidentes extraños, como la guerra, cuyas consecuencias hacen recaer las clases privilegiadas sobre los explotados, los movimientos de liberación destinados a derrocar regímenes neocoloniales, son los factores habituales de desencadenamiento. La acción consciente hace el resto.

En estos países no se ha producido todavía una educación completa para el trabajo social y la riqueza dista de estar al alcance de las masas mediante el simple proceso de apropiación. El subdesarrollo por un lado y la habitual fuga de capitales hacia países «civilizados» por otro, hacen imposible un cambio rápido y sin sacrificios. Resta un gran tramo a recorrer en la construcción de la base económica y la tentación de seguir los caminos trillados del interés material, como palanca impulsora de un desarrollo acelerado, es muy grande.

Se corre el peligro de que los árboles impidan ver el bosque. Persiguiendo la quimera de realizar el socialismo con la ayuda de las armas melladas que nos legara el capitalismo (la mercancía como célula económica, la rentabilidad, el interés material individual como palanca, &c.), se puede llegar a un callejón sin salida. Y se arriba allí tras recorrer una larga distancia en la que los caminos se entrecruzan muchas veces y donde es difícil percibir el momento en que se equivocó la ruta. Entre tanto, la base económica adaptada ha hecho su trabajo de zapa sobre el desarrollo de la conciencia. Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo.

De allí que sea tan importante elegir correctamente el instrumento de movilización de las masas. Ese instrumento debe ser de índole moral, fundamentalmente, sin olvidar una correcta utilización del estímulo material, sobre todo de naturaleza social.

Como ya dije, en momentos de peligro extremo es fácil potenciar los estímulos morales; para mantener su vigencia, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas. La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela.

Las grandes líneas del fenómeno son similares al proceso de formación de la conciencia capitalista en su primera época. El capitalismo recurre a la fuerza, pero, además, educa a la gente en el sistema. La propaganda directa se realiza por los encargados de explicar la ineluctabilidad de un régimen de clase, ya sea de origen divino o por imposición de la naturaleza como ente mecánico. Esto aplaca a las masas que se ven oprimidas por un mal contra el cual no es posible la lucha.

A continuación viene la esperanza, y en esto se diferencia de los anteriores regímenes de casta que no daban salida posible.

Para algunos continuará vigente todavía la fórmula de casta: el premio a los obedientes consiste en el arribo, después de la muerte, a otros mundos maravillosos donde los buenos son premiados, con lo que se sigue la vieja tradición. Para otros, la innovación; la separación en clases es fatal, pero los individuos pueden salir de aquella a que pertenecen mediante el trabajo, la iniciativa, &c. Este proceso, y el de autoeducación para el triunfo, deben ser profundamente hipócritas: es la demostración interesada de que una mentira es verdad.

En nuestro caso, la educación directa adquiere una importancia mucho mayor. La explicación es convincente porque es verdadera; no precisa de subterfugios. Se ejerce a través del aparato educativo del Estado en función de la cultura general, técnica e ideológica, por medio de organismos tales como el Ministerio de Educación y el aparato de divulgación del Partido. La educación prende en las masas y la nueva actitud preconizada tiende a convertirse en hábito; la masa la va haciendo suya y presiona a quienes no se han educado todavía. Esta es la forma indirecta de educar a las masas, tan poderosa como aquella otra.

Pero el proceso es consciente; el individuo recibe continuamente el impacto del nuevo poder social y percibe que no está completamente adecuado a él. Bajo el influjo de la presión que supone la educación indirecta, trata de acomodarse a una situación que siente justa y cuya propia falta de desarrollo le ha impedido hacerlo hasta ahora. Se autoeduca.

En este período de construcción del socialismo podemos ver el hombre nuevo que va naciendo. Su imagen no está todavía acabada; no podría estarlo nunca ya que el proceso marcha paralelo al desarrollo de formas económicas nuevas. Descontando aquellos cuya falta de educación los hace tender el camino solitario, a la autosatisfacción de sus ambiciones, los hay que aun dentro de este nuevo panorama de marcha conjunta, tienen tendencia a caminar aislados de la masa que acompañan. Lo importante es que los hombres van adquiriendo cada día más conciencia de la necesidad de su incorporación a la sociedad y, al mismo tiempo, de su importancia como motores de la misma.

Ya no marchan completamente solos, por veredas extraviadas, hacia lejanos anhelos. Siguen a su vanguardia, constituida por el Partido, por los obreros de avanzada, por los hombres de avanzada que caminan ligados a las masas y en estrecha comunión con ellas. Las vanguardias tienen su vista puesta en el futuro y en su recompensa, pero ésta no se vislumbra como algo individual; el premio es la nueva sociedad donde los hombres tendrán características distintas: la sociedad del hombre comunista.

El camino es largo y lleno de dificultades. A veces, por extraviar la ruta, hay que retroceder; otras, por caminar demasiado aprisa, nos separamos de las masas; en ocasiones por hacerlo lentamente, sentimos el aliento cercano de los que nos pisan los talones. En nuestra ambición de revolucionarios, tratamos de caminar tan aprisa como sea posible, abriendo caminos, pero sabemos que tenemos que nutrirnos de la masa y que ésta sólo podrá avanzar más rápido si la alentamos con nuestro ejemplo.

A pesar de la importancia dada a los estímulos morales, el hecho de que exista la división en dos grupos principales (excluyendo, claro está, a la fracción minoritaria de los que no participan, por una razón u otra en la construcción del socialismo), indica la relativa falta de desarrollo de la conciencia social. El grupo de vanguardia es ideológicamente más avanzado que la masa; ésta conoce los valores nuevos, pero insuficientemente. Mientras en los primeros se produce un cambio cualitativo que le permite ir al sacrificio en su función de avanzada, los segundos sólo ven a medias y deben ser sometidos a estímulos y presiones de cierta intensidad; es la dictadura del proletariado ejerciéndose no sólo sobre la clase derrotada, sino también individualmente, sobre la clase vencedora.

Todo esto entraña, para su éxito total, la necesidad de una serie de mecanismos, las instituciones revolucionarias. En la imagen de las multitudes marchando hacia el futuro, encaja el concepto de institucionalización como el de un conjunto armónico de canales, escalones, represas, aparatos bien aceitados que permitan esa marcha, que permitan la selección natural de los destinados a caminar en la vanguardia y que adjudiquen el premio y el castigo a los que cumplen o atenten contra la sociedad en construcción.

Esta institucionalidad de la Revolución todavía no se ha logrado. Buscamos algo nuevo que permita la perfecta identificación entre el Gobierno y la comunidad en su conjunto, ajustada a las condiciones peculiares de la construcción del socialismo y huyendo al máximo de los lugares comunes de la democracia burguesa, trasplantados a la sociedad en formación (como las cámaras legislativas, por ejemplo). Se han hecho algunas experiencias dedicadas a crear paulatinamente la institucionalización de la Revolución, pero sin demasiada prisa. El freno mayor que hemos tenido ha sido el miedo a que cualquier aspecto formal nos separe de las masas y del individuo, nos haga perder de vista la última y más importante ambición revolucionaria que es ver al hombre liberado de su enajenación.

No obstante la carencia de instituciones, lo que debe superarse gradualmente, ahora las masas hacen la historia como el conjunto consciente de individuos que luchan por una misma causa. El hombre, en el socialismo, a pesar de su aparente estandarización, es más completo; a pesar de la falta de mecanismo perfecto para ello, su posibilidad de expresarse y hacerse sentir en el aparato social es infinitamente mayor.

Todavía es preciso acentuar su participación consciente, individual y colectiva, en todos los mecanismos de dirección y de producción y ligarla a la idea de la necesidad de la educación técnica e ideológica, de manera que sienta cómo estos procesos son estrechamente interdependientes y sus avances son paralelos. Así logrará la total conciencia de su ser social, lo que equivale a su realización plena como criatura humana, rotas las cadenas de la enajenación.

Esto se traducirá concretamente en la reapropiación de su naturaleza a través del trabajo liberado y la expresión de su propia condición humana a través de la cultura y el arte.

Para que se desarrolle en la primera, el trabajo debe adquirir una condición nueva; la mercancía-hombre cesa de existir y se instala un sistema que otorga una cuota por el cumplimiento del deber social. Los medios de producción pertenecen a la sociedad y la máquina es sólo la trinchera donde se cumple el deber. El hombre comienza a liberar su pensamiento del hecho enojoso que suponía la necesidad de satisfacer sus necesidades animales mediante el trabajo. Empieza a verse retratado en su obra y a comprender su magnitud humana a través del objeto creado, del trabajo realizado. Esto ya no entraña dejar una parte de su ser en forma de fuerza de trabajo vendida, que no le pertenece más, sino que significa una emanación de sí mismo, un aporte a la vida común en que se refleja; el cumplimiento de su deber social.

Hacemos todo lo posible por darle al trabajo esta nueva categoría de deber social y unirlo al desarrollo de la técnica, por un lado, lo que dará condiciones para una mayor libertad, y al trabajo voluntario por otro, basados en la apreciación marxista de que el hombre realmente alcanza su plena condición humana cuanto produce sin la compulsión de la necesidad física de venderse como mercancía.

Claro que todavía hay aspectos coactivos en el trabajo, aun cuando sea voluntario; el hombre no ha transformado toda la coerción que lo rodea en reflejo condicionado de naturaleza social y todavía produce, en muchos casos, bajo la presión del medio (compulsión moral, la llama Fidel). Todavía le falta el lograr la completa recreación espiritual ante su propia obra, sin la presión directa del medio social, pero ligado a él por los nuevos hábitos. Esto será el comunismo.

El cambio no se produce automáticamente en la conciencia, como no se produce tampoco en la economía. Las variaciones son lentas y no son rítmicas; hay períodos de aceleración, otros pausados e incluso, de retroceso.

Debemos considerar, además como apuntáramos antes, que no estamos frente al período de transición puro, tal como lo viera Marx en la Crítica del Programa de Gotha, sino a una nueva fase no prevista por él; primer período de transición del comunismo o de la construcción del socialismo. Este transcurre en medio de violentas luchas de clase y con elementos de capitalismo en su seno que oscurecen la comprensión cabal de su esencia.

Si a esto se agrega el escolasticismo que ha frenado el desarrollo de la filosofía marxista e impedido el tratamiento sistemático del período, cuya economía política no se ha desarrollado, debemos convenir en que todavía estamos en pañales y es preciso dedicarse a investigar todas las características primordiales del mismo antes de elaborar una teoría económica y política de mayor alcance.

La teoría que resulte dará indefectiblemente preeminencia a los dos pilares de la construcción: la formación del hombre nuevo y el desarrollo de la técnica. En ambos aspectos nos falta mucho por hacer, pero es menos excusable el atraso en cuanto a la concepción de la técnica como base fundamental, ya que aquí no se trata de avanzar a ciegas sino de seguir durante un buen tramo el camino abierto por los países más adelantados del mundo. Por ello Fidel machaca con tanta insistencia sobre la necesidad de la formación tecnológica y científica de todo nuestro pueblo y más aún, de su vanguardia.

En el campo de las ideas que conducen a actividades no productivas, es más fácil ver la división entre necesidad material y espiritual. Desde hace mucho tiempo el hombre trata de liberarse de la enajenación mediante la cultura y el arte. Muere diariamente las ocho y más horas en que actúa como mercancía para resucitar en su creación espiritual. Pero este remedio porta los gérmenes de la misma enfermedad: es un ser solitario el que busca comunión con la naturaleza. Defiende su individualidad oprimida por el medio y reacciona ante las ideas estéticas como un ser único cuya aspiración es permanecer inmaculado.

Se trata sólo de un intento de fuga. La ley del valor no es ya un mero reflejo de las relaciones de producción; los capitalistas monopolistas la rodean de un complicado andamiaje que la convierte en una sierva dócil, aun cuando los métodos que emplean sean puramente empíricos. La superestructura impone un tipo de arte en el cual hay que educar a los artistas. Los rebeldes son dominados por la maquinaria y sólo los talentos excepcionales podrán crear su propia obra. Los restantes devienen asalariados vergonzantes o son triturados.

Se inventa la investigación artística a la que se da como definitoria de la libertad, pero esta «investigación» tiene sus límites, imperceptibles hasta el momento de chocar con ellos, vale decir, de plantearse los reales problemas del hombre y su enajenación. La angustia sin sentido o el pasatiempo vulgar constituyen válvulas cómodas a la inquietud humana; se combate la idea de hacer del arte un arma de denuncia.

Si se respetan las leyes del juego se consiguen todos los honores; los que podría tener un mono al inventar piruetas. La condición es no tratar de escapar de la jaula invisible.

Cuando la Revolución tomó el poder se produjo el éxodo de los domesticados totales; los demás, revolucionarios o no, vieron un camino nuevo. La investigación artística cobró nuevo impulso. Sin embargo, las rutas estaban más o menos trazadas y el sentido del concepto fuga se escondió tras la palabra libertad. En los propios revolucionarios se mantuvo muchas veces esta actitud, reflejo del idealismo burgués en la conciencia.

En países que pasaron por un proceso similar se pretendió combatir estas tendencias con un dogmatismo exagerado. La cultura general se convirtió casi en un tabú y se proclamó el summum de la aspiración cultural, una representación formalmente exacta de la naturaleza, convirtiéndose ésta, luego, en una representación mecánica de la realidad social que se quería hacer ver; la sociedad ideal, casi sin conflictos ni contradicciones, que se buscaba crear.

El socialismo es joven y tiene errores. Los revolucionarios carecemos, muchas veces, de los conocimientos y la audacia intelectual necesarias para encarar la tarea del desarrollo de un hombre nuevo por métodos distintos a los convencionales y los métodos convencionales sufren de la influencia de la sociedad que los creó. (Otra vez se plantea el tema de la relación entre forma y contenido.) La desorientación es grande y los problemas de la construcción material nos absorben. No hay artistas de gran autoridad que, a su vez, tengan gran autoridad revolucionaria. Los hombres del Partido deben tomar esa tarea entre las manos y buscar el logro del objetivo principal: educar al pueblo.

Se busca entonces la simplificación, lo que entiende todo el mundo, que es lo que entienden los funcionarios. Se anula la auténtica investigación artística y se reduce el problema de la cultura general a una apropiación del presente socialista y del pasado muerto (por tanto, no peligroso). Así nace el realismo socialista sobre las bases del arte del siglo pasado.

Pero el arte realista del siglo XIX también es de clase, más puramente capitalista, quizás, que este arte decadente del siglo XX, donde se transparenta la angustia del hombre enajenado. El capitalismo en cultura ha dado todo de sí y no queda de él sino el anuncio de un cadáver maloliente en arte, su decadencia de hoy. Pero, ¿por qué pretender buscar en las formas congeladas del realismo socialista la única receta válida? No se puede oponer al realismo socialista «la libertad», porque ésta no existe todavía, no existirá hasta el completo desarrollo de la sociedad nueva; pero no se pretenda condenar a todas las formas de arte posteriores a la primer mitad del siglo XIX desde el trono pontificio del realismo a ultranza, pues se caería en un error proudhoniano de retorno al pasado, poniéndole camisa de fuerza a la expresión artística del hombre que nace y se construye hoy.

Falta el desarrollo de un mecanismo ideológico cultural que permita la investigación y desbroce la mala hierba, tan fácilmente multiplicable en el terreno abonado de la subvención estatal.

En nuestro país, el error del mecanicismo realista no se ha dado, pero sí otro signo de contrario. Y ha sido por no comprender la necesidad de la creación del hombre nuevo, que no sea el que represente las ideas del siglo XIX, pero tampoco las de nuestro siglo decadente y morboso. El hombre del siglo XXI es el que debemos crear, aunque todavía es una aspiración subjetiva y no sistematizada. Precisamente éste es uno de los puntos fundamentales de nuestro estudio y de nuestro trabajo y en la medida en que logremos éxitos concretos sobre una base teórica o, viceversa, extraigamos conclusiones teóricas de carácter amplio sobre la base de nuestra investigación concreta, habremos hecho un aporte valioso al marxismo-leninismo, a la causa de la humanidad. La reacción contra el hombre del siglo XIX nos ha traído la reincidencia en el decadentismo del siglo XX; no es un error demasiado grave, pero debemos superarlo, so pena de abrir un ancho cauce al revisionismo.

Las grandes multitudes se van desarrollando, las nuevas ideas van alcanzando adecuado ímpetu en el seno de la sociedad, las posibilidades materiales de desarrollo integral de absolutamente todos sus miembros, hacen mucho más fructífera la labor. El presente es de lucha; el futuro es nuestro.

Resumiendo, la culpabilidad de muchos de nuestros intelectuales y artistas reside en su pecado original; no son auténticamente revolucionarios. Podemos intentar injertar el olmo para que dé peras, pero simultáneamente hay que sembrar perales. Las nuevas generaciones vendrán libres del pecado original. Las posibilidades de que surjan artistas excepcionales serán tanto mayores cuanto más se haya ensanchado el campo de la cultura y la posibilidad de expresión. Nuestra tarea consiste en impedir que la generación actual, dislocada por sus conflictos, se pervierta y pervierta a las nuevas. No debemos crear asalariados dóciles al pensamiento oficial ni «becarios» que vivan al amparo del presupuesto, ejerciendo una libertad entre comillas. Ya vendrán los revolucionarios que entonen el canto del hombre nuevo con la auténtica voz del pueblo. Es un proceso que requiere tiempo.

En nuestra sociedad, juegan un papel la juventud y el Partido.

Particularmente importante es la primera, por ser la arcilla maleable con que se puede construir al hombre nuevo sin ninguna de las taras anteriores.

Ella recibe un trato acorde con nuestras ambiciones. Su educación es cada vez más completa y no olvidamos su integración al trabajo desde los primeros instantes. Nuestros becarios hacen trabajo físico en sus vacaciones o simultáneamente con el estudio. El trabajo es un premio en ciertos casos, un instrumento de educación, en otros, jamás un castigo. Una nueva generación nace.

El Partido es una organización de vanguardia. Los mejores trabajadores son propuestos por sus compañeros para integrarlo. Este es minoritario pero de gran autoridad para la calidad de sus cuadros. Nuestra aspiración es que el Partido sea de masas, pero cuando las masas hayan alcanzado el nivel de desarrollo de la vanguardia, es decir, cuando estén educados para el comunismo. Y a esa educación va encaminado el trabajo. El Partido es el ejemplo vivo; sus cuadros deben dictar cátedras de laboriosidad y sacrificio, deben llevar, con su acción, a las masas, al fin de la tarea revolucionaria, lo que entraña años de duro bregar contra las dificultades de la construcción, los enemigos de clase, las lacras del pasado, el imperialismo...

Quisiera explicar ahora el papel que juega la personalidad, el hombre como individuo de las masas que hacen la historia. Es nuestra experiencia, no una receta.

Fidel dio a la Revolución el impulso en los primeros años, la dirección, la tónica siempre, pero hay un buen grupo de revolucionarios que se desarrollan en el mismo sentido que el dirigente máximo y una gran masa que sigue a sus dirigentes porque les tiene fe; y les tiene fe, porque ellos han sabido interpretar sus anhelos.

No se trata de cuántos kilogramos de carne se come o de cuántas veces por año pueda ir alguien a pasearse en la playa, ni de cuántas bellezas que vienen del exterior puedan comprarse con los salarios actuales. Se trata, precisamente, de que el individuo se sienta más pleno, con mucha más riqueza interior y con mucha más responsabilidad. El individuo de nuestro país sabe que la época gloriosa que le toca vivir es de sacrificio; conoce el sacrificio. Los primeros lo conocieron en la Sierra Maestra y dondequiera que se luchó; después lo hemos conocido en toda Cuba. Cuba es la vanguardia de América y debe hacer sacrificios porque ocupa el lugar de avanzada, porque indica a las masas de América Latina el camino de la libertad plena.

Dentro del país, los dirigentes tienen que cumplir su papel de vanguardia; y, hay que decirlo con toda sinceridad, en una revolución verdadera a la que se le da todo, de la cual no se espera ninguna retribución material, la tarea del revolucionario de vanguardia es a la vez magnífica y angustiosa.

Déjeme decirle, a riesgo de parecer ridículo, que el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad. Quizás sea uno de los grandes dramas del dirigente; éste debe unir a un espíritu apasionado una mente fría y tomar decisiones dolorosas sin que se contraiga un músculo. Nuestros revolucionarios de vanguardia tienen que idealizar ese amor a los pueblos, a las causas más sagradas y hacerlo único, indivisible. No pueden descender con su pequeña dosis de cariño cotidiano hacia los lugares donde el hombre común lo ejercita.

Los dirigentes de la Revolución tienen hijos que en sus primeros balbuceos, no aprenden a nombrar al padre; mujeres que deben ser parte del sacrificio general de su vida para llevar la Revolución a su destino; el marco de los amigos responde estrictamente al marco de los compañeros de Revolución. No hay vida fuera de ella.

En esas condiciones, hay que tener una gran dosis de humanidad, una gran dosis de sentido de la justicia y de la verdad para no caer en extremos dogmáticos, en escolasticismos fríos, en aislamiento de las masas. Todos los días hay que luchar porque ese amor a la humanidad viviente se transforme en hechos concretos, en actos que sirvan de ejemplo, de movilización.

El revolucionario, motor ideológico de la revolución dentro de su partido, se consume en esa actividad ininterrumpida que no tiene más fin que la muerte, a menos que la construcción se logre en escala mundial. Si su afán de revolucionario se embota cuando las tareas más apremiantes se ven realizadas a escala local y se olvida del internacionalismo proletario, la revolución que dirige deja de ser una fuerza impulsora y se sume en una cómoda modorra, aprovechada por nuestros enemigos irreconciliables, el imperialismo, que gana terreno. El internacionalismo proletario es un deber pero también es una necesidad revolucionaria. Así educamos a nuestro pueblo.

Claro que hay peligros presentes en las actuales circunstancias. No sólo el del dogmatismo, no sólo el de congelar las relaciones con las masas en medio de la gran tarea; también existe el peligro de las debilidades en que se puede caer. Si un hombre piensa que, para dedicar su vida entera a la revolución, no puede distraer su mente por la preocupación de que a un hijo le falte determinado producto, que los zapatos de los niños estén rotos, que su familia carezca de determinado bien necesario, bajo este razonamiento deja infiltrarse los gérmenes de la futura corrupción.

En nuestro caso, hemos mantenido que nuestros hijos deben tener y carecer de lo que tienen y de lo que carecen los hijos del hombre común; y nuestra familia debe comprenderlo y luchar por ello. La revolución se hace a través del hombre, pero el hombre tiene que forjar día a día su espíritu revolucionario.

Así vamos marchando. A la cabeza de la inmensa columna -no nos avergüenza ni nos intimida el decirlo- va Fidel, después, los mejores cuadros del partido, e inmediatamente, tan cerca que se siente su enorme fuerza, va el pueblo en su conjunto sólida armazón de individualidades que caminan hacia un fin común; individuos que han alcanzado la conciencia de lo que es necesario hacer; hombres que luchan por salir del reino de la necesidad y entrar al de la libertad.

Esa inmensa muchedumbre se ordena; su orden responde a la conciencia de la necesidad del mismo, ya no es fuerza dispersa, divisible en mieles de fracciones disparadas al espacio como fragmentos de granada, tratando de alcanzar por cualquier medio, en lucha reñida con sus iguales, una posición, algo que permita apoyo frente al futuro incierto.

Sabemos que hay sacrificios delante nuestro y que debemos pagar un precio por el hecho heroico de constituir una vanguardia como nación. Nosotros, dirigentes, sabemos que tenemos que pagar un precio por tener derecho a decir que estamos a la cabeza del pueblo que está a la cabeza de América. Todos y cada uno de nosotros paga puntualmente su cuota de sacrificio, conscientes de recibir el premio en la satisfacción del deber cumplido, conscientes de avanzar con todos hacia el hombre nuevo que se vislumbra en el horizonte.

Permítame intentar unas conclusiones:

Nosotros, socialistas, somos más libres porque somos más plenos; somos más plenos por ser más libres.

El esqueleto de nuestra libertad completa está formado, falta la sustancia proteica y el ropaje; los crearemos.

Nuestra libertad y su sostén cotidiano tienen color de sangre y están henchidos de sacrificio.

Nuestro sacrificio es consciente; cuota para pagar la libertad que construimos.

El camino es largo y desconocido en parte; conocemos nuestras limitaciones. Haremos el hombre del siglo XXI: nosotros mismos.

Nos forjaremos en la acción cotidiana, creando un hombre nuevo con una nueva técnica.

La personalidad juega el papel de movilización y dirección en cuanto que encarna las más altas virtudes y aspiraciones del pueblo y no se separa de la ruta.

Quien abre el camino es el grupo de vanguardia, los mejores entre los buenos, el Partido.

La arcilla fundamental de nuestra obra es la juventud, en ella depositamos nuestra esperanza y la preparamos para tomar de nuestras manos la bandera.

Si esta carta balbuceante aclara algo, ha cumplido el objetivo con que la mando.

Reciba nuestro saludo ritual, como un apretón de manos o un «Ave María Purísima». Patria o muerte.

Traduction

Le Socialisme et l'Homme à Cuba
 
 Cher camarade,
 
Je termine ces notes au cours de mon voyage en Afrique. Bien que tardivement, j'espère ainsi tenir ma promesse. J'aimerais le faire en traitant le thème du titre de cet article. Je crois que cela peut intéresser les lecteurs uruguayens.   
 Dans la lutte idéologique contre le socialisme, il est courant d'entendre de la bouche des porte-parole capitalistes que ce système social ou la période de construction du socialisme à laquelle nous nous attelons se caractérise par le sacrifice de l'individu sur l'autel de l'État. Je ne vais pas essayer de réfuter cette affirmation sur une base simplement théorique, mais je rétablirai les faits tels qu'ils sont vécus à Cuba, en ajoutant des commentaires d'ordre général.
 Tout d'abord, j'ébaucherai à grands traits l'histoire de notre lutte révolutionnaire avant et après la prise du pouvoir.
 Comme on le sait, c'est le 26 juillet 1953 qu'ont été initiées les luttes révolutionnaires qui ont conduit à la révolution du 1er janvier 1959. A l'aube de ce jour, un groupe d'hommes dirigé par Fidel Castro a attaqué la caserne Moncada, dans la province de l'Oriente. L'attaque a été un échec et l'échec s'est transformé en désastre. Les survivants se sont retrouvés en prison. Mais aussitôt amnistiés, ils ont recommencé la lutte révolutionnaire. Au cours de ce processus où le socialisme n'existait qu'en puissance, l'homme a été un facteur fondamental. C'est en lui, être unique avec un nom et un prénom, que l'on a mis notre confiance. Et c'est de son aptitude à l'action qu'a dépendu le succès ou l'échec de la lutte engagée.
 Puis est venue l'étape de la guérilla. Celle-ci s'est développée dans deux milieux distincts : le peuple, masse encore endormie qu'il fallait mobiliser ; et son avant-garde —les guérilleros— force motrice de la mobilisation, qui suscitait la conscience révolutionnaire et l'enthousiasme combatif. Cette avant-garde a été l'agent catalyseur qui a créé les conditions subjectives nécessaires pour la victoire.
 Ici encore, alors que notre pensée se prolétarisait et qu'une révolution s'opérait dans nos habitudes et dans nos esprits, l'individu est resté un facteur fondamental. Chaque combattant de la Sierra Maestra qui a acquis un grade supérieur dans les forces révolutionnaires comptait à son actif un grand nombre d'actions d'éclat. C'est sur cette base qu'il a obtenu ses grades. C'était la première étape héroïque, où les combattants se disputaient pour obtenir les tâches comportant les plus grandes responsabilités et les plus grands dangers, sans autre satisfaction que celle du devoir accompli.
 Dans notre travail d'éducation révolutionnaire, nous revenons souvent sur ce fait plein d'enseignement. L'attitude de nos combattants montrait déjà l'homme futur. Ce don total à la cause révolutionnaire s'est répété dans bien d'autres occasions de notre histoire. Pendant la crise d'octobre et lors du cyclone Flora, nous avons vu des actes de courage et des sacrifices exceptionnels réalisés par tout un peuple. L'une de nos tâches fondamentales du point de vue idéologique, c'est de trouver la formule pour perpétuer dans la vie quotidienne cette attitude héroïque.
 En janvier 1959, le gouvernement révolutionnaire s'est constitué avec la participation de divers membres de la bourgeoisie traître. Facteur de force fondamental, la présence de l'Armée rebelle était la garantie du pouvoir. De sérieuses contradictions se sont aussitôt développées. Elles ont été en partie surmontées lorsqu'en février 1959, Fidel Castro a assumé la direction du gouvernement en tant que premier ministre. Ces événements devaient conduire en juillet de la même année à la démission du président Urrutia sous la pression des masses.
 Ainsi est apparu clairement dans l'histoire de la révolution cubaine un élément qui se manifestera systématiquement : les masses. Cet être aux visages multiples n'est pas, comme on le prétend, une somme d'éléments tous semblables, agissant comme un troupeau docile (certains régimes le réduisent à cela). il est vrai qu'il suit ses dirigeants sans vaciller, Fidel Castro en premier lieu. Mais le degré de confiance que celui-ci a acquis correspond précisément à sa juste interprétation des désirs et des aspirations du peuple et à la lutte sincère qu'il a menée pour accomplir les promesses qu'il a faites.
 Les masses ont participé à la réforme agraire et à la difficile tâche d'administrer les entreprises d'État. Elles ont connu l'héroïque expérience de Playa Giron. Elles se sont forgées dans les luttes contre les diverses bandes armées par la CIA. Elles ont vécu l'un des plus importants moments de l'histoire moderne pendant la crise d'octobre. Aujourd'hui, elles continuent à travailler à la construction du socialisme.
 A première vue, on pourrait croire que ceux qui parlent de la subordination de l'individu à l'État ont raison. Avec un enthousiasme et une discipline inégalés, les masses réalisent les tâches que le gouvernement a fixées, que celles-ci soient d'ordre économique, culturel, défensif, sportif ou autre. L'initiative vient en général de Fidel et du haut commandement de la révolution. Elle est expliquée au peuple, qui la fait sienne. D'autres fois, des expériences locales sont lancées par le parti et le gouvernement, pour être ensuite généralisées en suivant le même procédé.
 Cependant, l'État se trompe quelquefois. Quand une de ces erreurs se produit le manque d'enthousiasme collectif se traduit par la diminution quantitative de chacun des éléments qui composent les masses. Le travail se paralyse jusqu'à en être réduit à des dimensions insignifiantes. C'est le moment de rectifier. C'est ce qui est arrivé en mars 1962, face à la politique sectaire imposée au parti par Aníbal Escalante.
 Il est évident que ce mécanisme ne suffit pas pour assurer une série de décisions efficaces. Il manque une connexion plus structurée avec les masses, que nous devons améliorer au cours des prochaines années. Mais pour les initiatives qui viennent des couches supérieures du gouvernement, nous utilisons pour l'instant la méthode quasi-intuitive qui consiste à ausculter les réactions générales face aux problèmes rencontrés.
 Fidel est un maître du genre. On ne peut apprécier la façon particulière dont il s'intègre au peuple qu'en le voyant à l'oeuvre. Dans les grands rassemblements publics, on observe un phénomène analogue à la résonance de deux diapasons dont les vibrations, par leurs interactions, finissent par produire de nouveaux sons. Fidel et le peuple commencent à vibrer en un dialogue d'une intensité croissante jusqu'à l'apogée finale, qui se termine abruptement par notre cri de lutte et de victoire.
 Ce qui est difficile à comprendre pour qui ne vit pas l'expérience de la révolution, c'est cette étroite unité dialectique qui existe entre chaque individu et les masses, c'est l'interaction qu'il y a entre les masses comme ensemble d'individus et leurs dirigeants . Dans la société capitaliste, on peut voir quelques phénomènes de ce type quand apparaissent des hommes politiques capables de provoquer la mobilisation populaire. Mais alors, s'il ne s'agit pas d'un authentique mouvement social (dans ce cas, il ne serait pas tout à fait juste de parler de capitalisme), le mouvement ne vivra pas plus longtemps que celui qui lui donne son impulsion ou jusqu'à ce que la rigueur de la société capitaliste mette fin aux illusions populaires.
 Sous le capitalisme, l'homme est dirigé par un ordre rigide qui échappe habituellement au domaine de sa compréhension. Aliéné, l'individu est lié à la société dans son ensemble par un invisible cordon ombilical : la loi de la valeur. Celle-ci agit sur tous les aspects de sa vie, modelant son cours et son destin. Invisibles pour la plupart des gens et elles-mêmes aveugles, les lois du capitalisme agissent sur l'individu sans que celui-ci s'en aperçoive. Il ne voit qu'un vaste horizon qui lui semble infini. C'est ainsi que la propagande capitaliste prétend tirer du cas de Rockefeller, véridique ou non, une leçon sur les possibilités du succès. La misère qu'il faut accumuler pour que surgisse un tel exemple et la somme de bassesses qu'implique une fortune de cette ampleur n'apparaissent pas dans le tableau. Et il n'est pas toujours possible aux forces populaires de tirer au clair ces concepts. (Il faudrait ici étudier comment dans les pays impérialistes, les ouvriers perdent leur conscience internationaliste de classe sous l'influence d'une certaine complicité dans l'exploitation des pays dépendants et comment, en même temps, ce fait affaiblit l'esprit de lutte des masses. Mais cette question sort du propos de ces notes.)
 De toute façon, le chemin à parcourir est plein d'obstacles et apparemment, seul un individu possédant les qualités nécessaires peut les franchir pour arriver au but. La récompense se laisse voir au loin, mais le chemin est solitaire. De plus, c'est la loi de la jungle : seul l'échec des autres permet la réussite.
 Je vais essayer maintenant de définir l'individu, acteur de ce drame étrange et passionnant qu'est la construction du socialisme, dans sa double existence d'être unique et de membre de la communauté. Je crois que le plus simple est de reconnaître sa qualité d'être incomplet, de produit inachevé. Les tares de l'ancienne société se perpétuent dans la conscience individuelle et il faut faire un travail incessant pour les faire disparaître. Le processus est double. D'un côté, c'est la société qui agit avec son éducation directe et indirecte. De l'autre, c'est l'individu qui se soumet à un processus conscient d'auto-éducation.
 La nouvelle société en formation doit combattre très durement le passé. Celui-ci se fait sentir non seulement dans la conscience individuelle, où pèsent les résidus d'une éducation systématiquement orientée vers l'isolement de l'individu, mais aussi dans le caractère même de cette période de transition où persistent les rapports marchands. La marchandise est la cellule économique de la société capitaliste. Tant qu'elle existera, ses effets se feront sentir dans l'organisation de la production et, par conséquent, dans la conscience.
 Marx a esquissé la période de transition comme le résultat de la transition explosive du système capitaliste déchiré par ses contradictions. Les événements subséquents ont montré comment s'arrachent de l'arbre impérialiste certains pays qui constituent ses branches faibles, un phénomène qui avait été prévu par Lénine.
 Dans ces pays, le capitalisme s'est suffisamment développé pour faire sentir d'une façon ou d'une autre ses effets sur le peuple. Mais ce ne sont pas ses propres contradictions qui, une fois épuisées toutes les possibilités, font éclater le système. La lutte de libération contre l'oppresseur étranger; la misère provoquée par des accidents extérieurs comme la guerre, dont les classes privilégiées font retomber les conséquences sur les exploités ; les mouvements de libération destinés à renverser les régimes néo-coloniaux —voilà les facteurs qui déclenchent habituellement le processus révolutionnaire. L'action consciente fait le reste.
 Dans ces pays, il n y a pas encore eu une éducation complète orientée vers le travail social. Et le simple processus d'appropriation est loin de mettre les richesses à la portée des masses. Le sous-développement d'une part et l'habituelle fuite des capitaux vers les pays « civilisés » de l'autre rendent impossible un changement rapide et sans sacrifices. Nous avons encore beaucoup à parcourir pour construire la base économique. La tentation est très grande d'emprunter les chemins battus de l'intérêt matériel comme levier d'un développement économique accéléré.
 On court alors le risque que les arbres cachent la forêt. En poursuivant la chimère de réaliser le socialisme à l'aide des armes ébréchées que nous a léguées le capitalisme (la marchandise en tant que cellule économique, la rentabilité, l'intérêt matériel individuel comme stimulant, etc.), on risque d'aboutir à une impasse. Et de fait, on y aboutit après avoir parcouru une longue distance, où les chemins se sont souvent entrecroisés et où il est difficile de savoir à quel moment on a fait fausse route. Pendant ce temps, la base économique adoptée a fait son travail de sape sur le développement de la conscience. Pour construire le communisme, il faut développer l'homme nouveau en même temps que la base matérielle.
 De là la grande importance de choisir correctement l'instrument de mobilisation des masses. Fondamentalement, cet instrument doit être d'ordre éthique, sans oublier une utilisation correcte du stimulant matériel, surtout de nature sociale.
 Comme je l'ai déjà dit, dans les moments de péril extrême, il est facile de faire agir les stimulants moraux. Mais pour maintenir leur vigueur, il faut développer une conscience où les valeurs acquièrent une nouvelle signification. La société dans son ensemble doit devenir une gigantesque école. Les grandes lignes de ce phénomène sont semblables au processus de formation de la conscience capitaliste dans sa première période. Le capitalisme a recours à la force, mais il enseigne aussi aux gens à croire dans le système. La propagande directe est faite par ceux qui sont chargés d'expliquer le caractère inévitable d'un régime de classe. Ceux-ci lui attribuent une origine divine ou en font une réalité imposée mécaniquement par la nature. Ceci désarme les masses qui se voient opprimées par un mal contre lequel il est impossible de lutter.
 Ensuite vient l'espoir. Ici, le capitalisme se différencie des précédents régimes de castes qui ne laissaient aucune issue possible. Pour certains, la formule de caste restera valable. La récompense pour ceux qui obéissent, c'est l'accès après la mort à d'autres mondes merveilleux où les bons sont récompensés. Ainsi, la vieille tradition continue. Chez d'autres, il y a une innovation. La division en classes reste fatale. Mais les individus peuvent sortir de celle à laquelle ils appartiennent par le travail, l'initiative, etc. Ce processus et le mythe de la réussite par ses propres moyens sont profondément hypocrites. On tente de prouver dans un but intéressé qu'un mensonge est vrai.
 Pour nous, l'éducation directe a une importance beaucoup plus grande. L'explication est convaincante parce qu'elle est vraie. Elle n'a pas besoin de subterfuges. Elle s'exerce à travers l'appareil éducatif de l'État en fonction de la culture générale, technique et idéologique, au moyen d'organismes tels que le ministère de l'Éducation et l'appareil de propagande du parti. L'éducation s'implante dans les masses et la nouvelle attitude préconisée tend à devenir une habitude. Les masses la font sienne et font pression sur ceux qui ne sont pas encore éduqués. C'est la façon indirecte d'éduquer les masses, aussi puissante que l'autre.
 Mais ce processus est conscient. L'individu reçoit continuellement l'influence du nouveau pouvoir social et perçoit qu'il n'y répond pas de manière complètement adéquate. Sous la pression de l'éducation indirecte, il essaie de se conformer à une situation qui lui paraît juste, chose qu'il n'a pu faire jusqu'alors à cause de l'insuffisance de son propre développement. Il s'éduque lui-même.
 Dans cette période de construction du socialisme, nous pouvons assister à la naissance de l'homme nouveau. Son image n'est pas encore achevée. Elle ne pourrait l'être puisque ce processus est parallèle au développement de formes économiques nouvelles. En dehors de ceux que l'insuffisance de leur éducation pousse vers un chemin solitaire, vers la satisfaction égoïste de leurs ambitions, il y a ceux qui, même à l'intérieur du nouveau cadre d'évolution collective, ont tendance à avancer isolés de la masse qu'ils accompagnent. L'important, c'est que les hommes acquièrent chaque jour une plus grande conscience de la nécessité de leur incorporation dans la société et, en même temps, de leur importance comme moteur de celle-ci.
 Ils n'avancent plus complètement seuls, à travers des chemins détournés, vers leurs désirs lointains. Ils suivent leur avant-garde constituée par le parti, par les ouvriers avancés, par les hommes d'avant-garde qui avancent liés aux masses et en étroite communion avec elles. Les avant-gardes ont le regard fixé vers l'avenir et vers leur récompense. Mais celle-d n'est pas entrevue comme quelque chose d'individuel. La récompense, c'est la nouvelle société où les hommes auront des caractéristiques différentes, la société de l'homme communiste.
 Le chemin est long et plein de difficultés. Quelquefois, nous nous engageons dans une impasse et nous devons reculer. D'autres fois, nous avançons trop vite et nous nous séparons des masses. En certaines occasions, nous allons trop lentement et nous sentons l'haleine toute proche de ceux qui nous talonnent. Dans notre ambition de révolutionnaires, nous essayons d'aller aussi vite que possible en frayant le chemin. Mais nous savons que nous devons tirer notre substance des masses et que celles-ci ne pourront avancer plus rapidement que si nous les encourageons par notre exemple.
 Malgré l'importance donnée aux stimulants moraux, le fait qu'il existe une division en deux groupes principaux (en dehors bien sûr du petit nombre de ceux qui, pour une raison ou pour une autre, ne participent pas à la construction du socialisme) indique la relative insuffisance du développement de la conscience sociale.
 Le groupe d'avant-garde est idéologiquement plus avancé que les masses. Celles-ci connaissent les nouvelles valeurs, mais insuffisamment. Alors que chez les premiers, il se produit un changement qualitatif qui leur permet de se sacrifier dans leur fonction d'avant-garde, les seconds sont moins conscients et doivent être soumis à des pressions d'une certaine intensité. C'est la dictature du prolétariat, qui s'exerce non seulement sur la classe vaincue, mais aussi, individuellement, sur la classe victorieuse.
 Tout ceci implique, pour que le succès soit total, la nécessité d'une série de mécanismes: les institutions révolutionnaires. Avec l'image des masses en marche vers l'avenir vient le concept d'institutionnalisation, comme un ensemble harmonieux de canaux, d'échelons, de barrages, d'engrenages bien huilés qui permettront d'avancer, qui permettront la sélection naturelle de ceux qui sont destinés à marcher à l'avant-garde et la répartition des récompenses et des châtiments à ceux qui respectent ou violent les lois de la société en construction.
 Nous n'avons pas encore complété l'institutionnalisation de la révolution. Nous cherchons quelque chose de nouveau qui permette une parfaite identification du gouvernement et de l'ensemble de la communauté : des institutions adaptées aux conditions particulières de la construction du socialisme et le plus éloignées possibles des lieux communs de la démocratie bourgeoise transplantés dans la société en formation (comme les chambres législatives par exemple).
 Nous avons fait quelques expériences dans le but de créer progressivement les institutions de la révolution, mais sans trop de hâte. Notre plus grand frein a été la crainte qu'un rapport formel nous sépare des masses et de l'individu et nous fasse perdre de vue la dernière et la plus importante ambition révolutionnaire, qui est de voir l'homme libéré de son aliénation.
 Malgré la carence d'institutions, ce qui doit être surmontée graduellement, les masses font maintenant l'histoire comme un ensemble conscient d'individus qui luttent pour une même cause. Sous le socialisme, I'homme est plus complet malgré son apparente standardisation. Malgré l'absence d'un mécanisme parfaitement adapté, sa possibilité de s'exprimer et de peser dans l'appareil social est infiniment plus grande.
 Il est encore nécessaire d'accentuer sa participation consciente, individuelle et collective, à tous les mécanismes de direction et de production et de la lier à l'éducation technique et idéologique, pour qu'il sente combien ces processus sont étroitement interdépendants et leur progression parallèle. Ainsi, les chaînes de l'aliénation une fois brisées, il atteindra la conscience totale de son être social, sa pleine réalisation en tant que créature humaine.
 Ceci se traduira concrètement par la reconquête de sa nature propre à travers le travail libéré et par l'expression de sa condition humaine à travers la culture et l'art. Pour permettre à l'homme de se développer de la première de ces manières, le travail doit changer de nature. L'homme-marchandise doit cesser d'exister et il faut mettre en place un système qui verse une quote-part pour l'accomplissement du devoir social. Les moyens de production appartiennent à la société et la machine n'est que la tranchée où s'accomplit le devoir.
 L'homme commence à libérer sa pensée du fait contrariant qu'il lui faut travailler pour satisfaire ses besoins animaux. Il commence à se reconnaître dans son oeuvre et à comprendre sa grandeur humaine au travers de l'objet créé et du travail réalisé. Ce dernier ne suppose plus l'abandon d'une partie de son être sous forme de force de travail vendue qui ne lui appartient plus. Il devient une émanation de lui-même, un apport à la vie commune, l'accomplissement de son devoir social.
 Nous faisons tout ce qui est possible pour donner au travail cette nouvelle dimension de devoir social et pour le lier, d'une part, au développement de la technique d'où viendront les conditions d'une plus grande liberté et, d'autre part, au travail volontaire. Nous nous appuyons sur l'appréciation marxiste qui veut que l'homme atteint réellement sa pleine condition humaine lorsqu'il produit sans la contrainte de la nécessité physique de se vendre comme marchandise.
 Bien sûr, il y a encore des aspects coercitifs dans le travail, même quand il est volontaire. L'homme n'a pas encore réussi à transformer toute la coercition qui l'entoure en un réflexe conditionné de nature sociale. Il produit encore très souvent sous la pression du milieu (c'est ce que Fidel appelle la contrainte morale). Il lui reste toujours à transformer complètement son attitude spirituelle devant son propre travail, qui doit s'accomplir sans la pression directe du milieu social tout en lui étant lié par les nouvelles habitudes acquises. Ce sera le communisme.
 Le changement ne se produit pas automatiquement dans la conscience, pas plus que dans l'économie. Les variations sont lentes et irrégulières. Il y a des périodes d'accélération, d'autres de pause et même de recul. De plus, ainsi que nous l'avons déjà noté, nous devons considérer que nous ne nous trouvons pas devant une période de transition pure comme celle décrite par Marx dans la Critique du Programme de Gotha, mais devant une nouvelle phase non prévue par lui : une première période de transition vers le communisme ou de construction du socialisme. Celle-ci se déroule au milieu de violentes luttes de classes et avec des éléments de capitalisme en son sein qui obscurcissent la compréhension exacte de sa nature.
 Si l'on ajoute à cela la scolastique qui a freiné le développement de la philosophie marxiste et empêché l'étude systématique de cette période, dont l'économie politique ne s'est pas développée, nous devons convenir que nous en sommes encore aux premiers balbutiements et qu'il est indispensable de se consacrer à l'étude de toutes les caractéristiques primordiales de cette période avant d'élaborer une théorie économique et politique de plus grande portée.
 Cette théorie donnera une prééminence totale aux deux piliers de la construction du socialisme : la formation de l'homme nouveau et le développement de la technique. Dans ces deux domaines, il nous reste encore beaucoup à faire. Mais le retard de cette base fondamentale qu'est la technologie est moins excusable, étant donné qu'il ne s'agit pas pour nous d'avancer à l'aveuglette, mais de suivre pendant un bon moment le chemin frayé par les pays les plus avancés du monde. C'est pour cela que Fidel insiste tellement sur la nécessité de la formation technologique et scientifique de notre pays et plus encore de son avant-garde.
 Dans le domaine des idées qui conduisent à des activités non productives, il est plus facile de voir la distinction entre nécessité matérielle et nécessité morale. Depuis longtemps, l'homme essaie de se libérer de l'aliénation par la culture et l'art. Il meurt quotidiennement au cours des huit heures et plus pendant lesquelles il agit comme une marchandise, pour ressusciter ensuite dans la création artistique. Mais ce remède porte les germes de la maladie elle-même. Celui qui cherche la communion avec la nature est un être solitaire. Il défend son individualité opprimée par le milieu et réagit devant les idées esthétiques comme un être unique, dont l'aspiration est de rester immaculé.
 Il ne s'agit que d'une tentative de fuite. La loi de la valeur n'est plus le simple reflet des rapports de production. Les capitalistes monopolistes l'entourent d'un échafaudage compliqué qui en fait une servante docile, même quand les méthodes employées sont purement empiriques. La superstructure impose un type d'art dans lequel il faut éduquer les artistes. Les rebelles sont dominés par la machine et seuls les talents exceptionnels peuvent créer une oeuvre personnelle. Les autres deviennent des salariés honteux ou bien ils sont broyés.
 On invente la recherche artistique que l'on considère comme la définition de la liberté. Mais cette « recherche » a ses limites, imperceptibles jusqu'à ce qu'on s'y heurte, c'est-à-dire jusqu'au moment où l'on pose les problèmes réels de l'homme et de son aliénation. L'angoisse injustifiée ou les passe-temps vulgaires constituent de commodes soupapes pour l'inquiétude humaine. On combat l'idée de faire de l'art une arme de dénonciation.
 Si l'on respecte les règles du jeu, on obtient tous les honneurs, comparables à ceux que pourrait obtenir un singe en inventant des pirouettes. La seule condition, c'est de ne pas essayer de s'échapper de la cage invisible. Quand la révolution a pris le pouvoir, ceux qui étaient totalement domestiqués sont partis en exil. Les autres, révolutionnaires ou non, ont entrevu une nouvelle voie. La recherche artistique a reçu une nouvelle impulsion. Cependant les chemins étaient déjà plus ou moins tracés et le concept d'évasion s'est dissimulé derrière le mot « liberté ». Même chez les révolutionnaires, cette attitude s'est souvent maintenue, un reflet de l'idéalisme bourgeois dans leur conscience.
 Dans les pays qui sont passés par un processus semblable, on a prétendu combattre ces tendances par un dogmatisme exagéré. La culture générale est presque devenue un tabou. Et on a proclamé comme le summum de l'aspiration culturelle une représentation formellement exacte de la nature. Celle-ci s'est transformée par la suite en une représentation mécanique de la réalité sociale que l'on voulait faire voir : la société idéale presque sans conflits ni contradictions que l'on cherchait à créer.
 Le socialisme est jeune, il a ses erreurs. Nous, révolutionnaires, manquons souvent des connaissances et de l'audace intellectuelle nécessaires pour faire face à la tâche de développer l'homme nouveau. Les méthodes conventionnelles sont marquées du sceau de la société qui les a créées. (Une fois de plus apparaît le problème des rapports entre la forme et le contenu). Le désarroi est grand et les problèmes de la construction matérielle nous absorbent. Il n'y a pas de grands artistes qui ont en même temps une grande autorité révolutionnaire. Les hommes du parti doivent prendre cette tâche en main et chercher à atteindre l'objectif principal : éduquer le peuple.
 On cherche alors la simplification, à se mettre au niveau de ce que tout le monde comprend, c'est-à-dire de ce que comprennent les fonctionnaires. On détruit l'authentique recherche artistique et le problème de la culture générale se réduit à une appropriation du présent socialiste et du passé mort (par conséquent inoffensif). C'est ainsi que naît le réalisme socialiste sur les bases de l'art du siècle passé.
 Mais l'art réaliste du XIXe siècle est aussi un art de classe, plus purement capitaliste peut-être que cet art décadent du XXe siècle, où transparaît l'angoisse de l'homme aliéné. Dans le domaine de la culture, le capitalisme a donné tout de lui-même et il n'en reste plus qu'un cadavre malodorant en art —sa décadence actuelle.
 Mais pourquoi prétendre chercher dans les formes figées du réalisme socialiste l'unique recette valable ? On ne peut opposer la « liberté » au réalisme socialiste, car celle-ci n'existe pas encore. Elle n'existera pas tant que le développement de la nouvelle société ne sera pas achevé. Mais on ne doit pas condamner toutes les formes d'art postérieures à la première moitié du XIXe siècle du haut du trône pontifical du réalisme à outrance. On tomberait dans une erreur proudhonienne de retour au passé en mettant une camisole de force à l'expression artistique de l'homme qui naît et se construit aujourd'hui.
 Il manque le développement d'un mécanisme idéologique et culturel qui permette la recherche et le déracinement de la mauvaise herbe qui se multiplie si facilement sur le terrain fertile de la subvention étatique. Dans notre pays, nous ne sommes pas tombés dans l'erreur du réalisme mécanique, mais dans l'erreur inverse. Et cela est arrivé parce que nous n'avons pas compris la nécessité de créer un homme nouveau qui ne soit ni celui du XIXe siècle, ni celui de notre siècle décadent et morbide.
 C'est l'homme du XXIe siècle que nous devons créer, même si ce n'est encore qu'une aspiration subjective et non systématisée. C'est précisément l'un des points fondamentaux de notre étude et de notre travail. Dans la mesure où nous obtiendrons des succès concrets sur une base théorique ou, inversement, que nous tirerons des conclusions théoriques de caractère général sur la base de nos recherches concrètes, nous aurons fait un apport précieux au marxisme-léninisme, à la cause de l'humanité.
 La réaction contre l'homme du XIXe siècle nous a fait retomber dans la décadence du XXe siècle. Ce n'est pas une erreur trop grave, mais nous devons la réparer sous peine d'ouvrir largement la voie au révisionnisme. Les grandes masses se développent. Les idées nouvelles atteignent un élan adéquat au sein de la société. Et les possibilités matérielles de développement intégral de tous ses membres rendent le travail beaucoup plus fructueux. Le présent est fait de luttes. L'avenir nous appartient.
 En résumé, la culpabilité de beaucoup de nos intellectuels et de nos artistes est la conséquence de leur péché originel. Ce ne sont pas d'authentiques révolutionnaires. On peut essayer de greffer un orme pour qu'il donne des poires, mais en même temps il faut planter des poiriers. Les nouvelles générations naîtront libérées du péché originel. Plus nous élargirons le champ de la culture et les possibilités d'expression, plus nous aurons de chances de voir surgir des artistes exceptionnels.
 Notre tâche est d'empêcher la génération actuelle déchirée par ses conflits de se pervertir et de pervertir les nouvelles générations. Nous ne devons pas créer des salariés soumis à la pensée of officielle ni des « boursiers », vivant à l'abri du budget d'État et exerçant une liberté entre guillemets. Les révolutionnaires qui chanteront l'homme nouveau avec l'authentique voix du peuple viendront. C'est un processus qui demande du temps.
 Dans notre société la jeunesse et le parti jouent un grand rôle. La jeunesse est particulièrement importante. Elle est l'argile malléable avec laquelle on peut construire l'homme nouveau débarrassé de toutes les tares du passé. Elle est traitée conformément à nos ambitions. Son éducation est chaque jour plus complète et nous n'oublions pas de l'intégrer au travail dès le début. Nos boursiers font du travail physique pendant leurs vacances ou en même temps que leurs études. Le travail est une récompense dans certains cas, un moyen d'éducation dans autres, mais jamais une punition. Une nouvelle génération naît.
 Le parti est une organisation d'avant-garde. Les meilleurs travailleurs sont proposés par leurs camarades pour y être intégrés. Il est minoritaire, mais il a une grande autorité en raison de la qualité de ses cadres. Nous voulons que le parti devienne un parti de masse, mais quand les masses auront atteint le niveau de développement de l'avant-garde, c'est-à-dire quand elles seront éduquées pour le communisme. Tous nos efforts vont dans ce sens.
 Le parti est un exemple vivant. Ses cadres doivent donner des leçons d'ardeur au travail et de sacrifice. Ils doivent par leur action conduire les masses au bout de leurs tâches révolutionnaires. Ce qui implique des années d'une dure lutte contre les difficultés de la construction du socialisme, les ennemis de classe, les séquelles du passé et l'impérialisme.
 Je voudrais maintenant expliquer le rôle que joue la personnalité, I'homme en tant qu'individu au sein des masses qui font l'histoire. Il s'agit de notre expérience et non d'une recette. Fidel a donné son élan à la révolution pendant les premières années et il l'a dirigée. Il lui donne toujours le ton. Mais il y a un bon groupe de révolutionnaires qui évolue dans le même sens que le dirigeant principal et une grande masse qui suit les dirigeants parce qu'elle leur fait confiance. Et elle leur fait confiance parce qu'ils ont su interpréter ses aspirations.
 Il ne s'agit pas du nombre de kilos de viande que l'on mange, ni du nombre de fois par an où une personne peut aller à la plage, ni du nombre de jolies choses importées qui peuvent être achetées avec les salaires actuels. Ce dont il s'agit, c'est que l'individu se sente plus complet, beaucoup plus riche de richesse intérieure et de responsabilité.
 L'individu de notre pays sait que la glorieuse époque qu'il lui arrive de vivre est une époque de sacrifice. Il connaît le sacrifice. Les premiers en ont fait l'expérience dans la Sierra Maestra ou dans d'autres luttes. Ensuite nous l'avons connu dans tout Cuba. Cuba est l'avant-garde de l'Amérique latine. Et parce qu'elle occupe cette place d'avant-garde, parce qu'elle indique aux masses d'Amérique latine la voie vers la vraie liberté, elle doit faire des sacrifices.
 A l'intérieur du pays, les dirigeants doivent remplir leur rôle d'avant-garde. Et il faut le dire en toute franchise, dans une révolution véritable à laquelle on donne tout et dont on n'attend aucune rétribution matérielle, la tâche du révolutionnaire d'avant-garde est à la fois magnifique et angoissante.
 Permettez-moi de dire, au risque de paraître ridicule, que le vrai révolutionnaire est guidé par de grands sentiments d'amour. Il est impossible d'imaginer un révolutionnaire authentique sans cette qualité. Peut-être est-ce là un des grands drames du dirigeant. Il doit allier à un tempérament passionné une froide intelligence et prendre de douloureuses décisions sans que se contracte un seul de ses muscles. Nos révolutionnaires d'avantgarde doivent idéaliser cet amour des peuples, des causes les plus sacrées, et le rendre unique, indivisible. Ils ne peuvent descendre au niveau où l'homme ordinaire exerce sa petite dose d'affection quotidienne.
 Les dirigeants de la révolution ont des enfants qui dans leurs premiers balbutiements n'apprennent pas à nommer leur père. Et des femmes qui doivent elles aussi participer au sacrifice général de leur vie pour mener la révolution à son destin. Le cadre des amis correspond strictement à celui des compagnons de la révolution. En dehors de celle-ci, il n'y a pas de vie.
 Dans ces conditions, il faut avoir beaucoup d'humanité, un grand sens de la justice et de la vérité pour ne pas tomber dans un dogmatisme extrême, dans une froide scolastique, pour ne pas s'isoler des masses. Tous les jours, il faut lutter pour que cet amour de l'humanité vivante se transforme en gestes concrets, en gestes qui servent d'exemple et qui mobilisent.
 Moteur idéologique de la révolution dans son parti, le révolutionnaire se consume dans cette tâche ininterrompue qui ne se termine qu'avec la mort, à moins que la construction du socialisme n'aboutisse à l'échelle mondiale. Si son ardeur révolutionnaire s'émousse une fois les tâches les plus urgentes réalisées à l'échelle locale et s'il oublie l'internationalisme prolétarien, la révolution qu'il dirige cesse d'être une force motrice et s'enfonce dans une confortable torpeur. Nos irréconciliables ennemis, les impérialistes, mettent cette situation à profit et gagnent du terrain. L'internationalisme prolétarien est un devoir, mais c'est aussi une nécessité révolutionnaire. C'est ce que nous apprenons à notre peuple.
 Il est certain que les circonstances actuelles comportent des dangers. Non seulement celui du dogmatisme; non seulement celui du gel des relations avec les masses au milieu de notre grande tâche; mais aussi celui des faiblesses dans lesquelles on peut tomber. Si un homme pense que, pour consacrer sa vie à la révolution, il ne peut se laisser distraire par la préoccupation que quelque chose fasse défaut à son fils, que les chaussures de ses enfants soient trouées, que sa famille ne dispose pas d'un bien nécessaire, un tel raisonnement laisse s'infiltrer les germes de la corruption future.
 Dans notre cas, nous avons soutenu que nos enfants doivent disposer ou ne pas disposer des choses dont disposent ou ne disposent pas les enfants de l'homme ordinaire. Notre famille doit le comprendre et lutter pour qu'il en soit ainsi. La révolution se fait grâce à l'homme, mais l'homme doit forger jour après jour son esprit révolutionnaire.
 C'est ainsi que nous avançons. À la tête de l'immense colonne —nous n'avons pas honte de le dire — marche Fidel. Derrière lui viennent les meilleurs cadres du parti. Et immédiatement après, si près que l'on sent sa force énorme, vient l'ensemble du peuple. C'est une structure solide d'individualités qui marchent vers un but commun. Ces individus ont acquis la conscience de ce qu'il faut faire. Ce sont des hommes qui luttent pour sortir du royaume de la nécessité et entrer dans celui de la liberté.
 Cette foule immense s'ordonne. Sa discipline correspond à une nécessité comprise par tous. Ce n'est plus une foule dispersée, divisible en milliers de morceaux jetés en l'air comme des fragments de grenade, où chacun essaie par n'importe quel moyen de trouver un appui face à l'avenir incertain dans une lutte acharnée contre ses semblables.
 Nous savons que nous avons encore des sacrifices à faire et que nous devons payer pour notre situation héroïque de nation d'avant-garde. Nous autres, dirigeants, nous devons payer pour avoir le droit de dire que nous sommes à l'avant-garde du peuple qui est à la tête de l'Amérique latine. Tous, nous payons régulièrement notre part de sacrifices, conscients d'être récompensés par la satisfaction du devoir accompli et d'avancer tous ensemble vers l'homme nouveau que l'on aperçoit à l'horizon.
 Permettez-moi de tirer quelques conclusions.
 Nous autres socialistes, nous sommes plus libres parce que nous sommes plus complets. Nous sommes plus complets parce que nous sommes plus libres. Le squelette de notre pleine liberté est prêt. Il ne lui manque plus que la chair et les vêtements. Nous les créerons. Notre liberté et sa défense quotidienne ont la couleur du sang et sont gonflées de sacrifices. Notre sacrifice est conscient. C'est le prix de la liberté que nous construisons. Le chemin est long et en partie inconnu. Nous connaissons nos limites. Nous ferons l'homme du XXIe siècle nous-mêmes. Nous nous forgerons dans l'action quotidienne en créant l'homme nouveau et une technique nouvelle. La personnalité joue un rôle de mobilisation et de direction à la condition d'incarner les plus hautes vertus et les aspirations du peuple et de ne pas s'éloigner de la route.
 Celui qui ouvre le chemin, c'est le groupe d'avant-garde, les meilleurs d'entre les bons, le parti. L'argile fondamentale de notre oeuvre est la jeunesse. Nous y déposons tous nos espoirs et nous la préparons à prendre le drapeau de nos mains. Si cette lettre balbutiante éclaire quelque chose, elle aura rempli son objectif.
 Recevez notre salut rituel comme une poignée de main ou un « Ave María Purísima ». La patrie ou la mort. 

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Date de dernière mise à jour : 10/12/2012

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